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La Iglesia y la Segunda República española

11/04/2006Después del 14 de abril de 1931, el nuncio advirtió a los católicos que deberían respetar el nuevo orden. No pensaba lo mismo el Papa, Pío XI, en quien se apoyaron los sectores cristianos tradicionales y extremistas. Entre los miembros del Gobierno provisional de la República había dos católicos practicantes: Niceto Alcalá Zamora y Miguel Maura, junto a algunos ministros anticlericales o muy laicistas, como Indalecio Prieto, Álvaro de Albornoz o Marcel · lí Domingo.

En la Iglesia española el cardenal Segura, arzobispo de Toledo, hacía elogios públicos de Alfonso XIII, e Isidre Gomà, obispo de Tarazona, pronto habló de "ateísmo de Estado". En mayo hubo ya alborotos anticlericales y la quema de iglesias en Madrid, pero en Catalunya el presidente Macià evitó desmanes. Pronto empezaron los decretos contra los provilegios de la Iglesia y el Gobierno expulsó al cardenal Segura. Arreció la propaganda antirreligiosa y empezó a discutirse la Constitución. Como cardenal más antiguo, el arzobispo de Tarragona, F. Vidal i Barrquer, tomó la dirección del episcopado español. Yse apoyó mucho en sus íntimos colaboradores, los sacerdotes Lluís Carreras y Antoni Vilaplana, además del cardenal Ilundáin, de Sevilla.

La actitud de las Cortes era mayoritariamente laicista o antirreligioso y se decretó la secularización de los cementerios y la obligación de pedir permiso para actos públicos del culto. El anteproyecto de la Carta Magna proponía disolver todas las órdenes religiosas. Vidal visitó repetidamente a don Niceto, presidente de la República, y el Gobierno pidió la destitución de Segura, punto innegociable para llegar a un acuerdo. El Papa dio orden de que Segura renunciara a su arzobispado. José Antonio Aguirre, del grupo vasco, insistió en las enmiendas favorables a la Iglesia y don Niceto y Amadeu Hurtado en sus discursos pidieron moderación.

El famoso artículo 26 de la Constitución suprimió la prestación económica del clero y prohibió que las órdenes religiosas se dedicaran a la enseñanza. Al final solamente fue suprimida la Compañía de Jesús, porque tenía el llamado cuarto voto de obediencia al Papa. Fue Azaña, como subrayaba el padre Batllori, quién consiguió de madrugada el voto a favor de suprimir sólo una orden religiosa, gracias quizá a su ya frase famosa: "España ha dejado de ser católica".

El nuncio Tedeschini y el cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado del Vaticano, apoyaban la política de pactar un modus vivendi con la República y en él trabajaba con ahínco el cardenal Vidal. Pero el Papa y el integrismo, romano y español, eran contrarios a cualquier acuerdo. Por otra parte, se organizaron mutuas escolares de padres y profesores católicos y cajas de compensación en los obispados. Se implantó el divorcio y todos los bienes eclesiásticos pasaron a ser propiedad del Estado, aunque se les permitía el uso.

De 1933 a 1935, con el triunfo de las derechas (Lerroux, Gil Robles), se intentó mejorar las relaciones con la Iglesia. Pero en 1934 tuvo lugar la revolución de Asturias y la rebelión de la Generalitat. En Asturias fueron asesinados 34 eclesiásticos y en Catalunya dos franciscanos en Lleida y el párroco de Navàs.

La Iglesia española se estructuró, empezando por la Acción Católica. En Catalunya cobró fuerza la Federació de Joves Cristians, aunque el obispo Irurita a veces se hacía escoltar por carlistas uniformados. Fueron importantes las Semanas Sociales y la Asociación Nacional de Propagandistas, de Ángel Herrera. Pero la extrema derecha, partida de la catástrofe previa (léase la Guerra Civil), difundió un informe confidencial anónimo donde preveía la posibilidad de un cisma si Roma pactaba con la República. El informe era especialmente duro contra Vidal y el diario democristiano El Debate.A pesar de ello, el cardenal de Tarragona y el ministro y embajador en el Vaticano, Pita Romero, trabajaron en la redacción de varios proyectos de modus vivendi. Roma dilataba la respuesta. La CEDA de Gil Robles tuvo un papel en la negociación, nuevamente torpedeada por la extrema derecha, política e integrista, que quería derrocar la República. El ambiente de regímenes totalitarios en Europa favorecía el extremismo antirrepublicano en España.

En diciembre de 1935 Gomà, ya arzobispo de Toledo, fue nombrado cardenal y se convirtió en el presidente de los arzobispos metropolitanos españoles. Integrista brillante, futuro patrocinador de la Carta Colectiva a favor de Franco (1937), se alineó con la extrema derecha. El triunfo de las izquierdas en febrero de 1936 enrareció más el clima. En abril Alcalá Zamora fue destituido como presidente de la República, se recrudeció el anticlericalismo, que a veces rezumaba odio, frente a una extrema derecha muy beligerante. Y llegó el 18 de julio de 1936 con el golpe de Estado militar y pronto la terrible persecución religiosa en la zona republicana, excepto en el País Vasco. Pero esto forma parte de otra historia.

Publicat a La Vanguardia Edició Digital (08/04/2006)


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