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Himmler, Montserrat y el grial

06/02/2007Himmer, jefe de las SS, buscó el grial en Montserrat, quizá influido por Wagner y su ’Parsifal’.
El 23 de octubre de 1940, España aún se sobreponía a la debacle de la guerra civil. Su situación de miseria determinó que en septiembre del año anterior declarara su neutralidad ante el conflicto bélico que pronto tomaría dimensiones mundiales.

Las evidencias históricas no dejan lugar a dudas: si Adolf Hitler recorrió hasta Hendaya el camino más largo que emprendió nunca para ver a quienquiera que fuese fue para obtener el compromiso de la intervención española.

El general Francisco Franco fue un hueso duro de roer, de modo que Hitler se molestó en balde, regresó a Alemania como había venido, pero con una impresión más clara de que Franco era un hombrecillo ingrato y cobarde. La experiencia debió de ser tan traumática para él que, unos meses más tarde, en confidencias con el conde Ciano -yerno de Mussolini y su ministro de Asuntos Exteriores- llegó a decir que prefería que le arrancaran cinco o seis dientes antes que volver a entrevistarse con el generalísimo.

Ese mismo 23 de octubre, el Reichführer Heinrich Himmler llegó a Barcelona con un firme propósito, pero la prensa de la época apenas glosó lo anecdótico y puso especial esmero en destacar la munificencia del gerifalte alemán, que había entregado 25.000 pesetas de su peculio para socorrer a los damnificados de las inundaciones ocurridas en la cuenca del Ter unos días antes. Se perdió la oportunidad de conocer algunos de los entresijos más insólitos que mueven los hilos de la Historia. Y así hubiera sido, por siempre jamás, de no ser por el testimonio del padre Andreu Ripol Noble.

Sesenta y dos años después del suceso, Ripol -ya secularizado-, en la residencia geriátrica Can Torras de Alella, en la provincia de Barcelona, aún recordó el episodio y lo hizo prevalecer entre no pocas lagunas de la edad.

Himmler visitó, después del almuerzo, la abadía de Montserrat acompañado por un séquito de rubios alemanes de las SS y por algunas autoridades de la ciudad.

El abad titular Antoni Maria Marcet y su coadjutor Aureli Maria Escarré, que conocían la penosa situación de la Iglesia alemana, juzgaron indecoroso recibir personalmente a Himmler, pero conscientes de que era difícil declinar la visita, asignaron la ingrata tarea a un joven Andreu Ripol, único miembro de la congregación que conocía a la perfección la lengua alemana.

¿Qué interés había suscitado la abadía de Montserrat en alguien que se declaraba anticristiano y que pasaba por ser un enconado perseguidor de la Iglesia Católica?

Nadie en su sano juicio se hubiera molestado entonces en hacer segundas lecturas de una visita que parecía encorsetada en las reglas de la cortesía política. Pero más de seis décadas después sí podemos afirmar que Himmler fue a Montserrat en busca de un infalible talismán que le hiciera ganar la guerra y que le otorgara poderes sobrenaturales. El nombre de ese talismán lo pronunció sin balbuceos al atravesar la biblioteca del cenobio: el Santo Grial. Andreu Ripol fue testigo del vivo interés del jerarca alemán por la reliquia, pero lo más terrible aún, también lo fue de la recalcitrante obsesión que lo llevaba a afirmar que de Esaú descendían los judíos, y del hermano gemelo de éste, Jacob, los arios. En otras palabras, que Jesucristo era ario.

Su singular interpretación de la Biblia no sería baladí. ¿Acaso el genocidio judío fue una venganza de inspiración bíblica en toda regla? ¿Cómo es posible explicar, fuera de esta lógica, que un acérrimo perseguidor de los judíos pusiera tanto interés en preservar las reliquias de su más eximio representante?

¿Y por qué buscar precisamente en Montserrat?

Atendiendo al escritor Robert de Borón -poeta francés de finales del siglo XII y principios del XIII que fue el primero en asociar el grial con la copa en que, supuestamente, Jesucristo habría consagrado el vino de la Ultima Cena- al que la jerarquía nazi habría tenido que prestar atención es al Santo Cáliz de Valencia. Y posiblemente lo hizo pocos años antes de buscar en Montserrat, dada la oferta de dos judíos de Amberes que, semanas después de que estallara la guerra civil, lograron hallar en su refugio al canónigo de la catedral valenciana don Elías Olmos: ocho millones de pesetas y un pasaporte para huir de España a cambio de la sagrada reliquia, que él había logrado poner a salvo de las algaradas de la guerra.

WAGNER Y LOS PIRINEOS

La búsqueda nazi del grial debió de realizarse, pues, en varios frentes. Y el hecho de que uno de ellos fuese Montserrat puede tener que ver con el trovador del siglo XIII Wolfram von Eschenbach y con Richard Wagner.

La primera noticia que se tiene del Santo Grial está en el evangelio apócrifo de Nicodemo. El texto se convirtió en el maná simbólico del que se nutrieron siglos después incontables relatos folclóricos. El iniciador de la tradición literaria fue Chrétien de Troyes, que murió en extrañas circunstancias sin revelar el final, lo que dio pie a los continuadores, Robert de Borón o Eschenbach, entre otros, a realizar libres interpretaciones acerca de la sagrada reliquia.

Richard Wagner adaptó la versión Parzival de Eschenbach en su oratorio operístico homónimo y situó el maravilloso castillo del grial en los Pirineos.

La impresionable elite nazi, cuyos dirigentes acudían todos los meses de julio al Festival Wagneriano de Bayreuth, no tardó en identificar el Montsalvat que se menciona en Parsifal con Montserrat, aunque también habían prestado un prudente interés a la obra de un contemporáneo, Otto Rahn, quien a finales de los años 30 del siglo pasado había sugerido que Montsalvat guardaba correlación con Montségur, en Francia.

Forzosamente, Barcelona y Montserrat debieron de ejercer una profunda fascinación sobre la jerarquía nazi. No sólo porque el estreno de Parsifal -fuera de Bayreuth, que tuvo la exclusiva de su representación durante 30 años- se realizó por primera vez en el teatro del Liceo de la Ciudad Condal el 31 de diciembre de 1913. También porque pensadores alemanes de la talla de Wilhelm von Humboldt o Goethe habían magnificado ya la sublime naturaleza de la montaña de Montserrat imbuidos en la vorágine romanticista.

Por si fuera poco, debió de excitar la susceptibilidad de la elite nazi que buscaba la fuente de la inmortalidad el descubrir que el Virolai, canto místico de Cataluña obra de mossén Cinto Verdaguer, era portador del ansiado mensaje críptico que venía a reforzar sus conjeturas: «... mística fuente del agua de la vida...»

Por supuesto, Heinrich Himmler, aprendiz de brujo, gurú de Hitler, fundador de una nueva religión con derivaciones esotéricas, nada pudo llevarse en su visita, afortunadamente. La abadía de Montserrat no era depositaria del Santo Grial, ni de do*****ento alguno que sirviera para establecer la filiación de Perceval, el héroe de la saga griálica. De modo que, como Hitler, aquel aciago 23 de octubre de 1940, Himmler regresó a Alemania como había venido.

Montserrat Rico Góngora es escritora. Su novela «La abadía profanada» (ed. Planeta), basada en la búsqueda nazi del Santo Grial, se publica el próximo martes.


Publicat a: Suplement de EL MUNDO Edició Digital.


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