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De Jesusalén a Valencia: la historia del cáliz que buscaron hasta los nazis

05/04/2007Valencia- De los caballeros de la Mesa Redonda a los jerarcas nazis. Todos vivieron pendientes de una común obsesión: el grial, la copa con la que Cristo celebró la Última Cena. Para Lanzarote acabó siendo una suerte de camino iniciático, mientras que Himmler esperaba encontrar en ella un secreto conocimiento que le otorgara la supremacía y la inmortalidad. De esta forma, el recuerdo palpable del momento en que Cristo instituyó la Eucaristía, ha acabado por convirtirse en la reliquia de la Pasión que más interés ha suscitado a lo largo de la historia.

Pero menos conocida es la estrecha relación que España guarda con este cáliz que el Evangelio sitúa en las manos de Jesús, en la Palestina del siglo I. Para algunos historiadores, nuestro país es el origen de las leyendas griálicas, y lo es, precisamente, porque aquí -en la catedral de Valencia- se conserva el cáliz que reúne los necesarios requisitos arqueológicos e históricos para ser proclamado como auténtico. «Es una reliquia verosímil», afirma sin pudor un canónigo de la sede valenciana.

El «Santo Cáliz», como es conocido, llegó a Valencia en 1424 de la mano del Rey Alfonso el Magnánimo, pero su vinculación a España se remonta al siglo III. Antes, según la tradición, había sido Pedro quien la llevó hasta Roma. Era un objeto fácil de transportar y el primer Papa tenía motivos más que evidentes para conservarlo, para el *****plimiento del mandato de Jesús: «Haced esto en memoria mía».

Los sucesores de Pedro utilizaron aquel cáliz hasta la violenta persecución de Valeriano, en el año 258. Es entonces cuando su historia se vincula a España. El Papa Sixto II, poco antes de morir, la entregó a su diácono Lorenzo. Éste, que también sería martirizado, consiguió salvar el cáliz de la destrucción, al enviarlo hasta su ciudad natal, Huesca, por medio de un legionario paisano suyo. En la catedral aragonesa permaneció hasta el siglo VIII cuando, para protegerlo de la invasión musulmana, se acabó escondiendo en los Pirineos, en el monasterio de San Juan de la Peña.

Según el investigador alemán Michael Hesemann existe una relación directa entre el periodo en que el cáliz permaneció oculto en los Pirineos y el nacimiento de las leyendas griálicas. Según sus estudios Guiot de Provins -el primero en escribir sobre estas leyendas-estuvo al servicio del Rey Alfonso II de Aragón .

De esta forma, el Montsalvat (o Montsalvatge) de las leyendas griálicas, el inexpugnable monte donde los caballeros custodiaban el grial según estas narraciones, no sería el Montsegur de los cátaros, ni el Montserrat catalán hasta donde llegó Himmler en su búsqueda del cáliz, sino las abruptas rocas que protegen el monasterio oscense de San Juan de la Peña.

Ésta, la «aventura» de Himmler en España es una de las menos conocidas de la historia esotérica del grial. El 23 de octubre de 1940, el mismo día en que Hitler se reunía con Franco en Hendaya, la mano derecha del Führer viajaba hasta Barcelona para visitar el monasterio benedictino de Montserrat. Sin embargo, sus motivaciones no eran precisamente religiosas. Los monjes que le recibieron, revelaron más tarde que sus intereses se centraron en la montaña y en la biblioteca, donde esperaba encontrar documentos sobre Parsifal y el grial.

De la visita apenas quedó constancia de ella en la prensa de la época a pesar de la relevancia política de Himmler en aquellos momentos. Tampoco ahora la información sobre aquella sorprendente búsqueda es muy prolija. Curiosamente, el mayor acercamiento a aquel acontecimiento se ha hecho desde la literatura, como en el caso de «La abadía profanada» (Planeta), de la escritora catalana Montserrat Rico. Entre la documentación con la que preparó la novela, la autora contó con una entrevista con Andreu Ripol, el monje encargado de atender al jerarca nazi.

En aquella, ocasión, Himmler se marchó de vacío, pero su búsqueda, aunque errada, no iba desencaminada. En una mezcla de esoterismo, leyenda e historia, los nazis también intuyeron que el grial se podía encontrar en los Pirineos, quizás influidos por Wagner, que ubica allí su Parsifal. Lo que no tuvieron en cuenta, en esta insólita búsqueda, es que la reliquia ya no se encontraba allí desde hacía cinco siglos.

Publicat: www.revistaecclesia.com



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