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ENTREVISTA a Josep M. Soler, abad de Montserrat

15/04/2005Montserrat vive intensamente la actualidad de la Iglesia, entre la muerte de Juan Pablo II y la expectación del cónclave. Su abad, Josep M. Soler, reflexiona sobre estos acontecimientos.

-¿Cómo ve, desde su afinidad con el Papa Montini (Pablo VI), el estilo del Papa Karol Wojtyla?

-Es sorprendente, al final de su vida, la referencia directa de Juan Pablo II al Papa Montini. Me refiero al testamento del Papa Wojtyla, y a la disposición de su tumba junto a la de Pablo VI y muy parecida a ésta. Aunque en temperamento y formación personal eran muy diferentes, Juan Pablo II hizo suyos los grandes gestos de Pablo VI: viajes internacionales, apertura al mundo moderno, dedicación a su diócesis de Roma, e*****enismo, presencia de la Iglesia en la sociedad... Sólo que Juan Pablo II convirtió los gestos tan estilizados y simbólicos del Papa Montini en acciones masivas, elevadas a la enésima potencia y con un fuerte impacto mediático.

-¿Son muy distintos los papas que usted ha conocido?

-Pío XII fue el Papa de mi infancia. Pensando en ciertos aspectos exteriores de su imagen, y comparándolos con los de sus sucesores hasta Juan Pablo II, se podría decir que el papado es una de las instituciones de la Iglesia que más ha cambiado para adaptarse al mundo moderno. Juan XXIII marcó mi adolescencia, sobre todo con la convocatoria del Vaticano II y con su talante que reflejaba la bondad de Dios. Es una muestra de la imaginación del Espíritu Santo, por decirlo así, y de cómod espués de un Papa con una personalidad muy fuerte, como era Pío XII, viene otro que aún deja más huella. Juan Pablo I prácticamente no tuvo tiempo de hacerse presente como Papa. Dejó muchas expectativas. De todas maneras, su simplicidad y su alegría me impactaron.

-¿Qué perfil debería tener el futuro Papa?

-Una profunda experiencia espiritual que deje transparentar a Jesucristo y su salvación. La sabiduría de doctrina, que es más que la buena preparación intelectual. Necesitará una buena capacidad de gobierno, de tener colaboradores, de dar confianza, de abrirse a las diversas culturas en un mundo globalizado. Un estilo que subraye y respete la colegialidad episcopal ayudará mucho en las relaciones e*****énicas. Por encima de todo, es importante que sea él mismo, con los dones que el Espíritu ha puesto en él. La autenticidad y la coherencia son lo que hacen a una persona convincente.

-¿Será difícil la elección?

-Quizás una característica de este cónclave es que no hay un nombre que sobresalga sobre los otros. Después de la muerte de Juan XXIII era muy evidente la candidatura de Montini. Debe ser uno de los pocos casos en los que alguien que entró en el cónclave como Papa y salió realmente como tal en lugar de salir como cardenal. Esto ahora no me parece tan evidente. Está claro que hay algunos cardenales más conocidos, pero no se ha de descartar el factor sorpresa.

-¿Qué retos tiene hoy la Iglesia?

-Son retos tan múltiples y complejos que asustan a quien los vea con un mínimo de lucidez. La globalización, el impacto de los medios de comunicación en la elaboración y la difusión de patrones culturales y valores políticamente correctos, la tendencia de grandes masas de personas, sobre todo en Occidente, a la increencia o al ateísmo práctico. El diálogo interreligioso, que Juan Pablo II inició y promovió con tanto coraje, plantea cuestiones teológicas muy serias. Algo parecido se puede decir de los avances de la biología y sus repercusiones éticas. En e*****enismo, es urgente fortalecer los puentes hacia la unidad. Juan Pablo II pidió en la encíclica Ut unum sint que se reflexionase sobre la forma de ejercer el primado del Papa de manera que fuera aceptable para las iglesias no católicas. Es un reto que afrontar.

-¿Y en la Iglesia en Catalunya?

-La Iglesia en Catalunya comparte, con más o menos intensidad, las características de tantas iglesias de la vieja Europa. Pero hay que tener presente que la Iglesia católica no se identifica con la cultura europea occidental. Muchos gestos y palabras de Juan Pablo II fueron pensados, sobre todo, para las Iglesias más jóvenes de África, América Latina y Asia. Quizás por eso, a algunos europeos les costaba entenderlos. La presencia del Espíritu Santo nos ha de ayudar a tomar nuevo aliento en nuestras iglesias particulares. En Catalunya tenemos buenas pautas en el concilio Tarraconense.

Publicada a: La Vanguardia Edició Digital.



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