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NOTíCIES  

Entrevista a Josep Maria Soler, abad de Montserrat, a la Vanguardia.

27/04/2007Josep Maria Soler, abad de Montserrat, ha recibido a La Vanguardia con sutileza romana. Sutileza del Aventino, la colina donde se halla el centro intelectual de la orden benedictina, el pontificio ateneo de San Anselmo. Amablemente, el abad pone el pie en el freno, cuando, de entrada y sin mucho prólogo, le preguntamos sobre las vicisitudes visigóticas de la Iglesia española. Primero quiere hablar de Montserrat. Y de 1947.

- ¿Por qué fueron importantes las celebraciones de 1947? A muchos lectores jóvenes, la entronización de la Virgen en un nuevo camarín seguramente no les dice nada en especial.

- Destacaría tres aspectos de aquel 27 de abril de 1947. El primero, que fue un movimiento popular en toda Catalunya de devoción a la Virgen. El segundo, que la preparación de aquellas celebraciones fue muy participada por medio de una comisión que llevaba el nombre de Abad Oliba, el fundador del monasterio de Montserrat; en esta comisión y en sus secciones locales participaron personas que en la Guerra Civil habían estado en los dos bandos, lo cual llevó a una reconciliación y a una colaboración entre ellas. En tercer lugar, destacaría que, después de su prohibición al final de la guerra, fue la primera vez que se utilizó en público la lengua catalana con bastante amplitud. Estos tres aspectos suscitaron una cierta esperanza de que la situación de la lengua y la cultura catalanas se normalizaría; pero no fue así. De todos modos, aquella efeméride sembró unas semillas que dieron su fruto en la transición democrática.

- Se habla, reiteradamente, de la crisis de la práctica religiosa, más que de la religiosidad. ¿Baja el número de visitantes a Montserrat?

- No. El número de visitantes ha aumentado respecto a los años anteriores; en el 2006 han sido 2,3 millones, de Catalunya, de toda España, del mundo entero. No todos, por supuesto, han subido primariamente por motivos religiosos. Pero durante este año ha habido varios casos de personas que se han reencontrado con Dios en su visita a este santuario mariano y en su diálogo con algún monje.

- En la primera entrevista que usted concedió a la prensa después de ser elegido abad, hace casi siete años, declaraba a La Vanguardia sentirse muy influido por la personalidad de Pablo VI. ¿Se puede ser montiniano y a la vez un buen intérprete del Papa Ratzinger?

- Se trata de dos personalidades distintas, pero no alejadas entre sí. Fue Pablo VI quien hizo arzobispo y luego cardenal a Joseph Ratzinger. Además, los dos, cada uno en su contexto histórico, han establecido un diálogo con el mundo contemporáneo, con el pensamiento laico, y han tratado de hacer comprensible para la mentalidad actual la buena nueva que hemos recibido los cristianos. Les es idéntico el deseo ecuménico y la voluntad de diálogo con las otras religiones. Están en la misma línea en lo que se refiere al compromiso por los derechos de la persona humana contemplada en su dimensión trascendente, la justicia y la búsqueda de la paz mundial. Para los dos es fundamental la comunión eclesial.

- ¿Hasta dónde llegan actualmente las discrepancias y las divisiones en el seno de la Iglesia católica española?

- Estamos hablando de la Iglesia española; es decir, del conjunto de sus miembros, no solamente de la jerarquía. Pues bien, en lo nuclear de la fe, no hay divisiones notables. Todos recitamos el mismo credo en la misa del domingo. Sí hay visiones bastante distintas sobre el modo de afrontar los temas; posiciones más preocupadas por los problemas que plantea el mundo actual y que desean establecer un diálogo sobre ellos, y otras que se centran más en mantener la identidad; visiones más comprensivas y que se fijan en lo positivo del momento actual, y otras más críticas con él. También hay variedad de sensibilidades en lo referente a la organización social. Es un abanico muy amplio, y los retos por afrontar son muy serios. Si sabemos dialogar entre las diversas sensibilidades y mentalidades que hay dentro de la Iglesia, todos saldremos enriquecidos. En cambio, si esto nos divide, haremos más difícil la vida interna de la Iglesia y menguará nuestra aportación a la sociedad.

- La visita de Benedicto XVI a Valencia sorprendió a muchos por su moderación. Es evidente que descolocó al Gobierno. Y a un sector de la propia Iglesia. Algunos miembros de la jerarquía española parecen más papistas que el Papa.

- No creo que ningún miembro de la jerarquía quiera serlo de modo consciente; en cambio, sí puede suceder alguna vez que en su intento de fidelidad al pensamiento del Papa se exceda en el celo. Comprendo las preocupaciones que puedan llevar a ello, porque aunque estemos en una época de pensamiento débil, los tiempos son recios por lo que está en juego y por las batallas solapadas que se libran para imponer ciertos criterios contrarios no sólo a la doctrina de la Iglesia, sino a lo que podríamos llamar el humanismo de raíz cristiana. Creo que la actitud de Benedicto XVI en Valencia, en julio pasado, marca unas pautas importantes, por lo que dijo, por lo que silenció y por lo que hizo. La reciente pastoral de los obispos de Catalunya, con motivo del año jubilar de Montserrat, por ejemplo, va en esa línea.

- Se dice que el monasterio de Montserrat mantiene una óptima relación con el actual secretario de Estado de la Santa Sede, Tarzisio Bertone, antiguo arzobispo de Génova. ¿Catalunya vuelve a Roma?

- No hay que magnificar las cosas. La realidad es muy simple. El cardenal Bertone en diversas ocasiones ha visitado Montserrat e incluso ha pasado algunos días en el monasterio, conoce nuestra realidad, hay una estima mutua; yo mismo le había visitado en Génova. Además, conoce bastante bien la realidad de Catalunya. Hay, pues, una buena relación que se ha manifestado incluso después de asumir el cargo de secretario de Estado. Pero esto no significa que por estos hechos la Catalunya católica tenga más presencia, o más peso, si intuyo bien el sentido de la pregunta, en Roma.

- Por lo tanto, cuando el abad de Montserrat afirma que "es faltar a la verdad decir que la Iglesia católica está perseguida en España" (declaraciones suyas al diario El País a finales del pasado mes de agosto), ello debe ser analizado con lupa en los dicasterios romanos. Nos consta que en algunas diócesis de la España central temblaron algunos cimientos. Se lo habrán hecho saber.

- Aquella entrevista fue el resumen de tres horas de conversación y sin algunas matizaciones que yo había hecho. Hablé desde un gran amor a la Iglesia y desde la preocupación por la imagen distorsionada que muchos tienen de lo que es el cristianismo y más concretamente el catolicismo; en mis respuestas quise destacar mi vivencia de la comunión eclesial, manifestando alguna crítica a partir de las inquietudes de muchos peregrinos de Montserrat y de la experiencia monástica, que supone vivir, por decirlo así, entre el carisma y la institución. Concretamente, con la frase que acaban de citar, pretendía decir que, a mi modo de ver, la Iglesia en España tiene libertad para hablar, para manifestarse, para anunciar el Evangelio, para estar presente en el espacio público, etcétera. Una cosa es la persecución y otra distinta tener que afrontar críticas, incomprensiones, tergiversaciones, posiciones opuestas a lo que defiende la Iglesia, incluso por parte de las administraciones. El debate es duro y la antropología que está en juego en el momento actual es muy importante. Por ello, la voz y la experiencia humana milenaria de la Iglesia debe también ser escuchada en el debate social. Unos y otros debemos aprender a situarnos en el diálogo democrático.

- ¿Está usted de acuerdo con quienes sostienen que el Gobierno socialista español es hoy un temible adversario de la Santa Sede?

- El cardenal Jubany solía decir que quien no lo sabe todo no sabe nada. Yo no tengo toda la información respecto al tema que ustedes plantean. Sí puedo decir que por ellas mismas y por la repercusión que puedan tener en otros países de mayoría católica, en la Santa Sede se ven con preocupación ciertas posturas del Gobierno español y otras situaciones de la política española. Pero también sé que, en Valencia, en la entrevista entre el Santo Padre, el presidente del Gobierno y la vicepresidenta, algo cambió, algunos resultados están a la vista, aunque queden todavía puntos de desavenencia serios, particularmente en el campo de la educación.

- ¿Tiene margen la Iglesia católica para disputar en España la batalla de las ideas y los valores sin caer en el tremendismo?

- Yo creo que sí. El concilio Vaticano II nos da las pautas para que la Iglesia se sitúe en una sociedad democrática, en la que hay separación entre Iglesia y Estado.

- En importantes sectores, especialmente entre los jóvenes, determinados mensajes de la Iglesia llegan distorsionados por el rigorismo. ¿Qué les falla?

- Probablemente fallan diversas cosas. Reconozco que los que estamos llamados a transmitir el mensaje cristiano no siempre sabemos encontrar la manera adecuada de hacerlo; nos cuesta conectar con el lenguaje y la mentalidad de muchos, particularmente de los jóvenes. A este respecto, hay que estudiar cuáles son los métodos de transmisión del mensaje más adecuados, teniendo en cuenta las nuevas tecnologías de la comunicación. Pero también falla, a veces, el proceso de transmisión del mensaje; no es fácil para los medios de comunicación dar la información precisa de lo que dice la Iglesia, a causa de los matices o de la complejidad de las cuestiones, por ejemplo cuando se trata de temas éticos.

- Hace siete años, en aquella primera entrevista, usted decía: "Catalunya corre el peligro del narcisismo y de quedar demasiado encerrada en sí misma". Perdone, abad Soler, pero parece que tiene usted dotes proféticas. ¡Acertó!

- No era profecía. Era intuición a partir de unos indicios.

- ¿Cuál es hoy su diagnóstico?

- No es fácil preservar la propia personalidad, la propia cultura, la propia lengua cuando es incomprendida o atacada, y al mismo tiempo abrirse a otras realidades. Creo que todo el debate en torno al Estatut no ha facilitado las cosas y todos hemos salido perdiendo. Se ha perdido credibilidad y ha aumentado la tensión en la convivencia. Unos se han encerrado en una visión estrecha, intransigente, de España o de Catalunya, y otros han optado por una práctica disolvente de la realidad catalana. Según las opciones que se tomen, la identidad de Catalunya será una u otra en un futuro no muy lejano. Estamos en un periodo muy importante, que pide reflexión, mucha pedagogía, menos partidismos y menos disputas bizantinas. Y una mente abierta.

- ¿Qué opina del actual Govern?

- Es difícil valorar en pocas palabras la obra de un gobierno siendo tantos los ámbitos en los que debe actuar, desde la seguridad o las vías de comunicación hasta la universidad. Bajando a algo más concreto, puedo decir que aprecio su deseo de ser eficaz en la solución de los problemas que afectan a los ciudadanos y su voluntad de diálogo y colaboración con la Iglesia católica y las demás confesiones religiosas. Pero constato el deseo de muchos de tener un liderazgo fuerte al servicio de Catalunya.
Font: la vanguardia


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