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NOTÍCIES  

Huellas de Roncalli en Montserrat

18/08/2004Roncalli quedó impresionado por el monasterio catalán, por su significado espiritual y cívico, la hospitalidad benedictina, sus dimensiones de plegaria, estudio y arte. De todo ello dejó constancia en su diario. La atracción entre Roncalli y Montserrat fue mutua. El abad Aureli M. Escarré escribió la presentación de la edición catalana de El diari de l’ànima, de Angelo Giuseppe Roncalli. El monje e historiador Hilari Raguer –que se ha dedicado desde hace treinta años, entre otros campos, al estudio de la personalidad y la obra de Juan XXIII y del Vaticano II– es autor de un precioso opúsculo recién publicado para conmemorar precisamente la visita que Roncalli efectuó a Montserrat. Su título es Sapientia cordis. De Roncalli a Joan XXIII.
Raguer da cuenta de una historia que refleja la magia y la esperanza de una época en que el planeta Tierra estuvo al borde de una tercera guerra mundial que, afortunadamente, pudo ser evitada. Raguer relata que, en aquel contexto, Juan XXIII recibió el 7 de abril de 1963 en audiencia privada a la hija del líder soviético Nikita Jruschov, Rada, y a su esposo, Adjubei. El personaje que hizo posible este encuentro fue el embajador de Cuba en el Vaticano, que era un asturiano católico que se apellidaba Blanco.
Raguer explica que el embajador cubano y su esposa subían de incógnito a Montserrat cada vez que hacían el trayecto entre La Habana y Roma y viceversa. Un día el embajador explicó a los monjes que Juan XXIII, en esta audiencia papal, entregó un rosario a la hija de Jruschov diciéndole: “Dígale a su padre que cada día, cuando rezo el rosario, ruego por él para que entre todos consigamos salvar la paz del mundo”. La hija del líder soviético salió de este encuentro con los ojos humedecidos diciendo que “el Papa tiene manos de santo”. El embajador comentó: “Quién sabe lo que debía entender por santo aquella chica comunista educada desde su infancia en el materialismo ateo oficial, pero ella iba repitiendo que el Papa tenía manos de santo”.
Pero ¿por qué el embajador cubano y su esposa eran asiduos visitantes de Montserrat? “En una ocasión –escribe Raguer– explicaron al abad que a la mujer le habían diagnosticado un cáncer avanzado e incurable. En uno de los viajes hicieron escala en Barcelona, subieron a Montserrat, y oraron. En la siguiente visita médica les dijeron que la mujer no tenía ni rastro de la enfermedad que le habían diagnosticado. Con gran sencillez decían que no sabían si era un milagro, pero que desde aquel día en todos los viajes entre Roma y La Habana venían a dar gracias a la Virgen de Montserrat como si fuera un milagro”.

Publicat a La Vanguardia el 15/08/2004


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