Ajuntament de Monistrol de Montserrat

Diumenge, 23 de Juliol de 2017
Dades meteorològiques     
Màxima -ºC   Mínima -ºC   Informació meteorològica
Cercador Accessibilitat Mapa web Adreces Contacte
Vista general


Oficines Municipals

Horari d'atenció al públic:
De dilluns a divendres de 8h a 15h
Els dijous de 16,30h a 19,30h
Del 15 de juny al 15 de setembre:
de dilluns a divendres de 8h a 14h (Horari d'estiu).

Pl. de la Font Gran, 2
08691 Monistrol de Montserrat

T. 93 835 00 11
F. 93 828 41 63
NOTÍCIES  

Toda una vida en Montserrat

27/12/2005
Jordi Finestres - 25/12/2005


Son casi las 11 de la mañana y el padre Agustí Figueras tiene prisa. Deja el violín en su sitio habitual y se va. No quiere llegar tarde a la misa conventual, el acto central en la vida de un monje. Apoyado en un agarrador se dirige a compartir la eucaristía a una velocidad inusual para una persona que el inminente próximo año cumplirá un siglo de vida.

El padre Figueras nos esperaba bien temprano. Antes de escuchar la primera pregunta empieza a contar su llegada al mundo, en el Eixample barcelonés, el verano de 1906. No conoció a su madre, que murió pocos meses después de que él naciera. Su padre, al frente de seis hijos, volvió a casarse con una señora "muy piadosa", que murió con 100 años cumplidos.

La infancia del monje más antiguo de Montserrat nos evoca a una familia dedicada al negocio de la harina y sus derivados. Primera sorpresa: sus abuelos fueron los primeros en vender fideos en los mercados de Barcelona. Después dejaron las sopas y empezaron con el arroz hinchado. Segunda sorpresa: los Figueras fueron los primeros en incorporar los cereales en la dieta de muchos barceloneses, "hasta que llegó la Kelloog´s y se lo quedó todo, también nuestra fábrica. Nos hacían la competencia, pero como ellos eran más poderosos...", apunta el monje.

Deducimos que a nuestro personaje no le atraía demasiado el mundo de la pasta. Quizás por esta razón sigue hoy con nosotros: "Mis bisabuelos, mis abuelos y mi padre murieron de asma. Respirar tanta harina no debió de ser nada bueno para ellos". Nada de lo que hoy cuenta tampoco sería posible si la providencia no se hubiera cruzado en su camino en 1914. En su etapa de estudiante en los jesuitas en Barcelona se salvó de una epidemia de tifus que sí acabó con la vida de varios compañeros. Recuerda haber asistido a un acto en el que el obispo de Barcelona sacó la imagen de la Virgen de la Mercè por las calles de la ciudad para pedir el fin de la epidemia. Y así fue. Aquel día, la fe de Agustí Figueras ganó enteros.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el padre Figueras tenía ocho años. Y las ideas claras. En 1917 visitó Montserrat y pensó: "esto es lo mío". Le dijo a su padre que prefería la vida monástica a la civil. "Primero no lo entendió, pero terminó por aceptarlo", sonríe. Además, debió ayudarle que otro hermano también quisiera iniciar el camino de la fe. Y llegó el verano de 1919, quizás el más importante de su vida. Volvió a Montserrat, esta vez para ingresar en el Colegio de Postulantes. Lo hizo en plenas vacaciones para empezar el curso de latín, griego y hebreo. Le gustó el compañerismo y la categoría humana de los profesores. Tres años más tarde empezó el noviciado. Y el 5 de agosto de 1923 profesó solemnemente. Su ordenación como sacerdote corrió a cargo del obispo Valentí Comellas. De aquellos tiempos recuerda la buena amistad con el abad Antoni M. Marcet, que tanto hizo por Montserrat, por la abadía y su entorno. Reconoce que la vida monástica es dura para quien no tenga un compromiso con la fe.

Como durante toda su vida, el padre Figueras se levanta a las seis para la oración del alba, los maitines. A las siete y media es el turno de laudes, los cantos de alabanza. Desayuna a las ocho, va a misa a las once, come a la una y media, asiste a la nona a las tres y a las vespertinas a las siete menos cuarto; cena a las ocho y quince minutos y dos horas más tarde llegan las completas, las últimas oraciones del día. Está esperanzado de que las nuevas generaciones continúen comprometidas con Dios. Y reza para ello.

En 1923, el abad Marcet destinó al joven sacerdote a estudiar a Alemania. A Figueras le encantó la idea. Se considera germanófilo y recuerda aquellos años como los más felices de su vida. Durante dos años realizó estudios eclesiásticos y de orfebrería de la mano de los maestros alemanes. ¿Y el idioma? "Lo aprendí con toda el alma - sonríe- en tres meses. Devoré libros en alemán que ya había leído en latín o en castellano, y así aprendí". El padre Figueras habla y escribe la lengua germana perfectamente, "aunque hace tiempo que ya no escribo cartas a mis viejos compañeros, porque todos han muerto. Ha pasado tanto tiempo...", se resigna. También habla catalán, castellano, italiano, latín y algo de francés.

El casi centenario sacerdote puede presumir de conocer mundo. En 1932 emprendía la segunda misión. En esta ocasión el destino era Tierra Santa. "Estuve en Jerusalén, en la Casa de Montserrat, un viaje tan agotador como interesante", donde perfeccionó sus trabajos de orfebrería.

19 de julio de 1936. El alzamiento militar irrumpe en la península. El padre Figueras recuerda con precisión aquellos momentos fatales. "El abad Marcet me ordenó que fuera a Barcelona a visitar el conseller Ventura Gasol, que era amigo suyo. Iba a pedirle que intercediese por nosotros". La Generalitat dispuso autobuses para desalojar a los monjes de Montserrat ante la inminente llegada de milicianos de la FAI. La cuestión era llegar a Barcelona y esconderse en casa de amigos a la espera de que se calmara la situación.

Varios monjes fueron alojados en casa de los Figueras. "Llegaron a vivir clandestinamente 14 personas en el verano del 36". El anciano monje recuerda hoy con cierta sorna el día que los de Durruti buscaban hombres para ir al frente y le descartaron "porque pensaban que no tenía ni 18 años". El rostro infantil de aquel hombre que ya había cumplido los 30 le salvó. Admite no haber pasado miedo, aunque sí temor a que los faístas descubrieran lo que escondía en su casa. "Varias parroquias nos confiaron reliquias e imágenes, que escondimos bien". No encontraron nada.

El febrero de 1937 cayeron las primeras bombas franquistas en la ciudad. Figueras lo tuvo claro: "Me voy de Barcelona". Su deseo era cruzar la frontera. Y ahí empezó una nueva aventura: "Crucé el Cadí a pie, junto con varias personas, entre ellas algunos contrabandistas", recuerda. Ya en Gósol le esperaba la escalada al Cadí. El padre Figueras estaba preparado, porque había practicado el montañismo en Alemania y en Montserrat: "Descosí mis zapatos y cogí los clavos para pegarlos a la suela para la ascensión. Pasé toda la subida rezando avemarías". Las oraciones surtieron efecto, porque llegó a la cima e inició una plácida bajada, ya que el hielo se había derretido, algo inusual en esta zona en marzo.

El resto de la guerra la vivió en Andorra, Italia y Alemania. La Generalitat había emitido unos pases especiales para una cuarentena de monjes. Recuerda su estancia en un barco italiano con varios elementos fieles a Mussolini: "Nuestras ideas y las suyas no coincidían. Aquello duró poco, porque de lo contrario nos hubiéramos tirado por la borda unos a otros", bromea. También estuvo una temporada en la Alemania dominada por Adolf Hitler. No sufrió personalmente su tiranía quizás porque era español: "Hitler quería que España entrara en la guerra mundial después de la guerra civil, aunque después se las tuvo con Franco".

Con el fin del conflicto, el padre Figueras regresó a Montserrat. "Los rojos se lo habían llevado casi todo. El abad me encargó ir a recuperar lo que pudiera".

Pasaron los meses. Se fue Marcet en 1941 y vino Aureli M. Escarré. Murió el profesor de violín de la escolanía y su puesto lo ocupó Figueras, que había realizado algunos cursos de su inseparable instrumento. También estuvo en la Schola Gregoriana de Montserrat. Las notas musicales pasaron a segundo plano en 1950, porque Escarré lo mandó a Roma, donde ocupó el cargo de penitenciero en San Pablo, fuera de los muros romanos. Volvió a Montserrat como prefecto de la escolanía hasta que en 1958 volvió a hacer la maleta. Su nuevo destino era la Fundación Montserrat, en Medellín, Colombia, donde estuvo siete años. Tanto el abad Escarré como su sucesor, Gabriel M. Brasó, estaban interesados en las misiones y en la atención a los más desfavorecidos. Entre otras tareas, el padre Figueras organizó una biblioteca-librería en una zona del país frecuentada por la guerrilla. Regresó porque "los médicos me dijeron que aquello no me convenía, que la altura no era para mí". Justo terminar el concilio de 1965 lo encontramos de nuevo en Montserrat como profesor de la escolanía. En aquella época se rompió la cadera, luego una pierna y apareció la artrosis.

Entregado a la oración y a la lectura, el padre Agustí Figueras está al día de los movimientos de la Iglesia. Consideró una "suerte providencial para la fe" la elección de Juan Pablo II, "una persona extraordinaria" y rezó para que Joseph Ratzinger saliese escogido el pasado mes de abril. Le gusta el nuevo Papa, porque es alemán y porque Figueras conoce bien a su hermano, Georg Ratzinger. Cuenta que éste vino una vez a Montserrat y se llevó varias cintas de cantos de la escolanía para el actual Papa. Comentamos que el próximo año está prevista la visita de Benedicto XVI a España. Si visitara Montserrat, seguro que Agustí Figueras celebraría su centenario con la máxima emoción. Y ambos podrían hablar de sus cosas. En alemán, evidentemente.

Publicat: La Vanguardia Digital (25/12/2005)

  tancar històric  

Diputació de Barcelona